A ver, hijos, antes de que se terminen el postre y se vayan al trabajo, al ensayo o a jugar con los vecinos, quédense en la mesa un rato más que voy a platicarles del pueblo de su bisabuelo.
Cerca de los volcanes, Popocatépetl e Iztaccíhuatl, está el pueblito. No tienes que rodear mucho, sino seguir por la carretera para llegar al centro. Y en ese primer cuadro, frente al templo, está la casa de mi abuelo. "El cine" como lo conocen algunos. Han de saber que su bisabuelo introdujo la luz al pueblo y también fue muy vanguardista montando un cine itinerante donde exhibía películas de Cantinflas, el Gordo y el Flaco y otras maravillas del cine mexicano, de ese cine simpático, blanco, sin vulgaridades y lleno de ocurrencias. Allí solíamos llegar desde el viernes cuando eran días de asueto. Llegábamos y era limpiar la casa. No había "mops" o trapeadores. Había que tomar un paño, y ponerlo en un palo con una liga para limpiar. De allí, a conseguir el agua, helada, que baja de los volcanes. Y con eso a trapear. A mí lo que me gustaba era poner las sábanas limpias que doña Aldegunda había llevado limpias. --no se rían, así se llamaba la señora que le lavaba la ropa a mi abuelo--. Olían a limón y a sábanas que fueron asoleadas y bien planchadas. Yo tenía la mía, bordada con mis iniciales, porque a mi abuela le gusaba bordar. De hecho, con sus cabellos bordaba los pañuelos de mi abuelo. En fin, luego de haber limpiado la casa, era ir a la tienda a comprar "cocoles" , un pan exquisito al que le untábamos requesón o nata de leche de vaca y un poco de azúcar, con un tarro de café de olla (que sabía a gloria porque le ponían canela). Si mi abuelo apetecía, teníamos que ir a la fuente, porque el patio de la casa tenía una fuente con 2 peces. Allí mi abuelo guardaba sus refrescos, atada la boca de la botella a un lacito, entonces nos pedía que fuéramos por su soda y la sacábamos tirando del lacito, estaba helada... jajajaja... no había refrigerador, así que era la manera como enfriaba los refrescos. Luego, sentados todos alrededor de la mesa, sacaba de la vitrina un queso de leche de cabra que le había comprado al tío Bonifacio. Tenía de dos tipos, uno fresco y otro añejo. Nos daba primero del fresco, una rebanaditas... ¡mmm! qué quesos, hijos, jamás he probado quesos como esos otra vez. Luego, nos daba del añejo, también era de los del tío Boni, y ¡cuánto lo disfrutábamos!
Después de compartir el queso y las pláticas, vámonos a la cama. Hacía tanto frío que yo daba un gritillo cuando estiraba las piernas entre las sábanas ¡heladas! Pero al cabo terminaba durmiéndome. Me encantaba dormir en esa habitación que tenía ventanas hacia el centro del pueblo (por una de ellas vi pasar al cometa Halley, no sé en qué año, no soy buena para recordar fechas); y del otro lado, una ventanita que daba al patio de la casa. Desde allí podía ver los árboles de granadas, la enramada de plúmbago, una florecita azul que a veces arrancábamos y nos la poníamos de prendedor porque tenía unos pelitos que hacían que se te pegara a la blusa. Y también desde allí veía las hortensias de mi abuela (¡caramba! pienso que mi abuela debió haber querido mucho a mi abuelo porque esas flores --que yo no he logrado que se me den más de un año-- seguían floreando cada año a pesar de que ella ya había fallecido).
En ese pueblito, fue donde me dieron mi primer beso. Fue un amigo de mi hermano que había ido de paseo con nosotros. A mí me gustaba mucho el chico pero nunca pensé que él se fijara en mí, así que lo tomaba como un amigo. Entonces, ese día, cuando regresamos de una fiesta y estábamos todos jugando y patinando en el centro y comenzó a sonar el reloj del pueblo, él se me acercó, no a más de 20 cms. de distancia y me miró de frente... me sonreía y yo me desmayaba al ver esos ojillos color miel frente a mí y no sabía qué decir, que hacer, entonces él se acercó un poco más y yo, nerviosa, lo primero que se me ocurrió decirle fue: ¿Vamos al panteón?! JAJAJAJA... en la tarde habíamos ido a caminar allí y el comentario había sido: qué nervios estar aquí una noche. Pero fue lo primero que se me ocurrió, así que mientras el reloj sonaba las 8 campanadas (las 20:00 horas...), él dijo: vamos! Y emprendimos el camino. Yo quería volar de los nervios. Y entramos hasta el fondo del panteón, la luna brillaba y aquel camposanto lleno de flores por alguna razón me pareció maravilloso. Él me había pasado el brazo por los hombros y me dijo que si estaba nerviosa (¡claro que lo estaba, por Dios!), que si me asustaban los muertos... jajajajajajaja... yo respondí: no, me asustas más tú que ellos... jajajajaja. En fin, allá al fondo del cementerio nos separamos y yo no dejaba decir que era un lugar bien bello a pesar de todo... el sonreía y me decía que sí... entonces, se vuelve a acercar y me dice que si puede darme un besooooooooo. ¡Santo cielo! Allí va, Rosy emprendiendo el camino de regreso hacia afuera del cementerio... ¡nunca he besado, no sé cómo hacerlo! Fue lo que dije. Entonces él añade: yo te enseño. (!!!!!!!!!!!!!!!!!!) ¡Cuántos nervios para esa joven de 18 años! Así que antes de salir del cementerio, me toma de la mano y me acerca a él... entonces, yo muy mona, le pongo la mano en el pecho y le digo: p-pero tampoco somos novios... yo nunca he besado... ni a mis novios... y creo que menos lo haré con alguien que no lo sea... (JAJAJAJAJAJAJAJA). Pues bien, él me dice, pero si tú me aceptas, en este mismo momento, ¡somos novios! Yo sólo bajé la cabeza. Tenía ganas de reir y de llorar, ¡era un forro el chamaco, el más guapísimo que hubiera visto... jajajajaja, era Richard Gere, Brad Pitt, Kevin Custner ¡todos juntos! JAJAJAJAJAJAJA... -no, en serio, era guapo como él solo-y sólamente dije: sí. ¡Mira la Roskis, no se hacía mucho del rogar! Jajajaja... y luego, pues fue tocar el cielo y las estrellas con ese primer beso... pero como canta Joan Manuel Serrat: el primer beso, el primer adios y vuelta a casa donde pasan las horas lánguidamente en un rincón. Susurran aquel nombre como una oración y se acurrucan en tu habitación para vestir el dulce anzuelo con un manto de terciopelo. (Claro, ya se dieron cuenta de que esa fue la canción para ese amor que se frustró a los 6 meses)
... y luego... no hijos, será otro día cuando les siga hilando historias y recuerdos que quiero que tengan.