A medida que las semanas pasan, el bebé aprecia cada vez más las alegrías del placer compartido y de los descubrimientos personales. Se diría que se divierte con esos intercambios que día tras día le abren un poca más su campo de visión y sus posibilidades de actuar. Al mismo tiempo que su entorno colma sus deseos y sus necesidades y abre al niño el mundo infinito de los sentimientos, todo transcurre en la cotidianeidad más común: el niño tiene hambre, se le da de beber. Está mojado, se le cambia. Llora, se lo alza en brazos. No encuentra el sueño, se le mece. Esboza una sonrisa, se le responde mediante una sonrisa. Vocaliza, se le escucha. En una palabra, es de su medio que procede la satisfacción de todas sus necesidades, que le son dados todos sus placeres. Es decir, que el niño está rodeado de personas que normalmente tienden a satisfacerlo. De ese vaivén de peticiones, de respuestas, de intercambios, nacen los lazos afectivos